Felipe Jiménez Dueño habla sobre el equilibrio urgente entre partidos políticos y sociedad civil

GUANARITO/ESPECIAL.- El cansancio de la gente con la política venezolana no es un secreto para nadie. Años de promesas rotas, cúpulas desconectadas y negociaciones a puerta cerrada, abrieron una grieta profunda entre el ciudadano de a pie y los partidos tradicionales. Sin embargo, para el licenciado en filosofia Felipe Jiménez Dueño, responder a ese descontento con el veneno de la antipolítica es un suicidio estratégico que solo le regala tiempo y oxígeno al autoritarismo.
En entrevista para este medio digital, Jiménez Dueño admite que la frustración popular tiene bases de sobra; pero estima que no se debe confundir la molestia con un cheque en blanco para el aislamiento.
“Es plenamente comprensible el escepticismo, años de errores, cúpulas cooptadas y cálculos de corto plazo fracturaron la fe pública. Pero confundir las fallas de ciertos dirigentes con la función que cumple la organización política, es un error devastador. Frente al autoritarismo, un partido político no es un club electoral para repartirse cargos; es una trinchera de resistencia y la infraestructura logística necesaria para defender la voluntad popular. Los partidos políticos son indispensables, y quien no lo admita, está fuera de orden”, subrayó.
Para Jiménez, la indignación espontánea que explota en redes sociales o las protestas sin coordinación, sirven para denunciar; pero se quedan cortas a la hora de disputar el poder real. “Sin estructura, la presión social se evapora”, advirtió.
Destacó que en ese punto es donde entra lo que él denomina el “ejército de la ciudadanía”, un actor indispensable para evitar que los partidos terminen convertidos en burocracias vacías o entidades vendidas al mejor postor.
“No hablo de armas ni de violencia; me refiero a la fuerza viva de la virtud cívica: los testigos electorales, los gremios, las redes comunitarias, la gente que custodia las actas y defiende la verdad. Esa es la reserva moral del país”.
El punto central de su tesis se resume en una ecuación simple: la rabia en la calle necesita un cauce institucional para no disiparse. Y ahí es donde ambas fuerzas tienen que encontrarse. «Un ciudadano sin partido es fuerza sin dirección; un partido sin gente es un cascarón vacío, expuesto a la cooptación».
Frente a los intentos de diálogo y las mesas de negociación que suelen instalarse entre los actores políticos y la comunidad internacional, el analista lanza una advertencia clara: ir a una negociación de espaldas al país solo garantiza el fracaso.
“En una mesa de negociación nadie te regala la libertad por pura buena voluntad. El bloque opositor no puede ir debilitado ni desconectado de la gente. Para que un acuerdo sirva realmente para pactar una transición democrática, necesita el respaldo y la fiscalización constante de una sociedad civil que exija el cumplimiento de lo acordado”, sentenció Jiménez Dueño.
Para finalizar, consideró fundamental e indispensable rescatar la noción clásica de la ciudadanía activa, y acotó que libertad republicana no cae del cielo ni se negocia entre cuatro paredes: es una conquista que solo se sostiene cuando la gente asume su papel soberano y utiliza a la organización política como la herramienta para transformar la indignación en poder efectivo.

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